La inseguridad

indecisionSentirse inseguro en determinados y puntuales momentos de la vida es algo adaptativo. ¿Quién no ha vivido situaciones de inseguridad en algunas ocasiones cuando ha tenido que tomar decisiones importantes que pueden alterar sustancialmente el curso de su vida o ante situaciones nuevas en las que aún no hemos aprendido cómo comportarnos? Si no se sintiese ese momento de duda, tomaríamos decisiones “a lo loco” sin tener en cuenta sus consecuencias, que, todos sabemos, a veces, no son las mejores. En todo caso, en estas ocasiones, la inseguridad se vive durante unos minutos, unas horas, tal vez unos días, pero se acaba tomando una decisión, acarreando con sus consecuencias e incorporando la vivencia –sea cual sea el resultado— a nuestras vidas.

Otra cosa es cuando esta inseguridad, este desasosiego, se convierte en algo permanente que aparece ante cualquier situación, incluso ante aquellas ante las cuales antes no nos sentíamos inseguros convirtiéndose ya en una dinámica habitual o incluso en un rasgo de nuestra personalidad, haciéndonos incapaces de tomar decisiones o actuar ante situaciones que tienen más de una posible alternativa (que son todas) porque “¿y si me equivoco?”, una forma de reaccionar que sufrir mucho y que se suele extender a todas las áreas de la vida: en el trabajo, en las relaciones sociales, en las relaciones de pareja…

Hablo de una persona que se muestra retraída, evitadora de cualquier situación que pueda percibir como un riesgo, escrupulosa, que le cuesta mostrar sus opiniones por miedo a la crítica, que busca constantemente la aprobación de los demás, celosa, con remordimientos después de hacer cualquier cosa, con un profundo sentimiento de culpabilidad si algo no sale bien o no sale “lo mejor” posible, y que incluso prefiere mantenerse pasiva y que le den órdenes para liberarse del problema que supone decidir. También se puede tratar de una persona que pretende estar siempre segura de que lo que hace es lo mejor que nadie pudiera hacer y que se pasa horas realizando una tarea buscando la perfección o lo que es peor, que nunca la empieza porque no se atreve a probar “no vaya a ser que me salga mal”. O también, de una persona que para esconder esa inseguridad, se muestra exageradamente segura, autosuficiente e incluso arrogante e insoportable.

La base de esta inseguridad, un bajo concepto de las propias capacidades y como consecuencia de un sentimiento de baja autoestima, suele estar asociado a un comportamiento extremo de protección o exigencia por parte del entorno familiar durante la infancia. Erickson (1959) explica en su teoría del desarrollo psicosocial que desde el nacimiento del niño hasta la adolescencia se dan tres etapas donde cobra especial importancia la conducta de los padres hacia sus hijos cuando estos buscan conseguir con sus actos la confianza, la autonomía, la iniciativa y la competencia necesarias para su correcto desarrollo, de manera que una conducta sobreprotectora como sería tomar demasiadas decisiones por ellos, no permitirles que fracasen nunca, una continua conducta altamente exigente como pedirle que sea el mejor de la clase o del equipo de fútbol, o una comunicación de “doble vínculo” (emisión de mensajes contradictorios), no les permite desarrollar la capacidad de decidir y no saber cuándo están haciendo las cosas “bien”, provocando sentimientos de desconfianza, vergüenza, duda, culpa e inferioridad que, a partir de entonces, le van a acompañar durante toda la vida…

javierJavier Hinojosa es Pscólogo Psicoterapeuta
Colegiado en el COPC con el número 21.144
Consulta: http://www.psicologomataro.com

Javier Hinojosa | Psicólogo

Javier Hinojosa | Psicólogo

Javier Hinojosa es Pscólogo Psicoterapeuta
Colegiado en el COPC con el número 21.144
Especialista en Terapia de pareja
Consulta: http://www.psicologomataro.com